A golpe de gas: la calma
Hay curvas que no solo pertenecen a la carretera.
Las hay dentro, invisibles, torcidas por el peso de los días, por lo que no se dijo, por lo que se arrastra sin darse cuenta. Y, sin embargo, basta una línea de asfalto que se pliega suavemente ante ti para empezar a ordenarlas.
La mente, que insiste en dispersarse, encuentra por fin un límite. No puede ir más rápido que el cuerpo ni más lejos que la mirada. Y entonces, casi sin querer, se aquieta.
No es huida. Es ajuste.
Cada curva bien tomada es una pequeña reconciliación. Con el tiempo, con uno mismo, con esa necesidad constante de control que, por un instante, se transforma en equilibrio. No perfecto, no eterno, pero real.
Y en ese ir y venir del asfalto, en esa geometría repetida que nunca es la misma, aparece algo que no se fuerza ni se retiene: una calma que no depende de lo que ocurre fuera, sino de cómo decides atravesarlo.
La carretera no resuelve nada.
Pero, a veces, te enseña a sostenerlo todo sin romperte.
Comentarios
Publicar un comentario