El espectador del tiempo
Hay un arte silencioso en saber sentarse a esperar; no necesariamente a algo o a alguien, sino a uno mismo. La vida es ese océano inmenso que se despliega ante nuestros ojos: a veces calmo, a veces ruidoso, pero siempre en un movimiento perpetuo que amenaza con arrastrarnos.
El banco no es solo madera y hierro envejecido por el salitre; es el puerto donde atracan nuestras dudas y donde el ruido del mundo empieza a desvanecerse.
Mientras otros caminan con prisa o se pierden en la inmensidad de la arena, el banco permanece como un recordatorio de nuestra propia presencia. Nos enseña que, para entender la magnitud de lo que vivimos, a veces hace falta darle la espalda a la inercia y simplemente contemplar el horizonte.
Porque, al final, la vida no es solo lo que sucede allá afuera, sino lo que procesamos mientras lo vemos pasar.
No tengas miedo de detenerte; a veces se llega más lejos cuando se deja de correr y se empieza a observar.
Es en esa pausa sagrada donde el horizonte deja de ser una meta lejana y se convierte, por fin, en nuestro presente.





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