Rincones de casa
El único refugio que no entiende de tiempo.
Dicen que el mundo es de quienes se atreven a marchar, de quienes gastan las suelas descubriendo horizontes nuevos y capturando luces extrañas. Pero, a veces, entre tanto viaje y tanto ruido, el alma se cansa de ser extranjera. Y es entonces cuando comprendes que no hay aventura más valiosa, ni destino más luminoso, que el camino que te devuelve a casa de mamá.
Volver no es solo cruzar una puerta; es retroceder a un estado de gracia donde el tiempo no tiene permiso para hacernos daño. Es el olor de la cocina que te recibe antes que las palabras, el peso de una manta que parece quitarte de encima todas las facturas y los miedos acumulados. En ese salón, bajo esa luz que parece más cálida que en cualquier otro lugar del mundo, dejas de ser el profesional, el adulto o el fotógrafo, para volver a ser simplemente tú.
No hay nada más maravilloso que ese instante en el que dejas las llaves en la mesa y, de repente, el cansancio se transforma en calma. Porque el mundo puede ser fascinante, sí, pero solo en casa de mamá el corazón vuelve a latir a su ritmo real. Allí, donde siempre hay un sitio guardado para ti, donde no hace falta explicar nada porque ella ya lo leyó todo en tu mirada antes de que pudieras enfocar la cámara.
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